...Otras veces, por ejemplo, preparaba proyec-
tos de ley.Reformaba las penas. Había comprendido
que lo esencial era dar una esperanza al condenado.
Una sola entre mil bastaría para que muchas cosas
cambiaran. Me parecía, por ejemplo, que se podría
encontrar una combinación química, cuya absor-
ción mataría al paciente (el paciente, pensaba) nue-
ve de cada diez veces. Él lo sabría, tal era la condi-
ción. Porque pensándolo bien, considerando las
cosas con tranquilidad, comprendía que lo que re-
sultaba defectuoso con la cuchilla es que no dejaba
ninguna esperanza, absolutamente ninguna. Una
vez para siempre, en suma, la muerte del paciente se
había decidido. Era un caso archivado, una combi-
nación perfecta, un acuerdo concluido que, en modo
alguno, cabía rectificar. Si el golpe, por una extraor-
dinaria excepción fallase, se volvía a empezar. Por
consiguiente, lo que resultaba molesto era la necesi-
dad de que le condenado deseara el buen funciona-
miento de la máquina. Pienso que ése es el elemento
defectuoso. Lo cual es verdad, en cierto sentido.
Pero, en otro, había de reconocer que ahí residía
todo el secreto de una buena organización. En resu-
men, el condenado estaba obligado a colaborar mo-
ralmente. En interés suyo, todo debía funcionar sin
dificultad.
El Extranjero
Albert Camus